sábado, 3 de octubre de 2015

La primera vez que África estuvo en el podio en los Juegos Olímpicos


1960. Los Juegos Olímpicos de Roma fueron el escenario del Maratón más inusual de la historia olímpica. Fue el único que no empezó ni terminó en el Estadio Olímpico. La carrera comenzó en la tarde y terminó en la oscuridad, por lo que su curso fue iluminado por antorchas para marcar el camino. Y fue ganado por un hombre que corría descalzo.

A unos 500 metros de la meta, corriendo a la luz de las antorchas, Abebe Bikila no se sentía en un territorio ajeno a su Etiopía natal, y recordando los consejos que su entrenador Onni Niskanen le había dado, finalmente se alejó de Rhadi, otro africano que corría delante suyo para ganar la carrera por 25 segundos. Era irónico que Bikila lo hiciera justo al pasar frente al Obelisco de Aksum, que había sido traído desde Etiopía después de la invasión italiana de esa nación por Mussolini.

Bikila era miembro de la Guardia Imperial de Haile Selassie. Empezó a correr desde los 17 años, como muchos jóvenes etíopes, pero fue descubierto por el entrenador sueco Onni Niskanen, quien le enseñó a mejorar sus capacidades. Más tarde contaría que, para no aburrirse en sus largas jornadas de entrenamiento por los campos etíopes, se dedicaba a cazar aves y mamíferos a los que seguía animosamente durante los 42 km de práctica, distancia que casi ningún animal es capaz de resistir sin descansar. Esa increíble fuerza de voluntad que tenía Abebe Bikila fue la que lo diferenció de los otros cuatro muchachos que también fueron a correr en la maratón con la vista en una victoria olímpica.

Onni Niskanen fue un sueco de origen finlandés con una dura historia de vida con participación en la guerra que también había entrenado oficiales etíopes y que había sido invitado, junto con otros suecos que cumplían funciones de maestros, médicos, enfermeras y directores de educación física.

Abebe, de 1,76 de altura, tenía un cuerpo de 58 kg, lleno de energía. Pero también tenía la habilidad de escuchar consejos. Onni elaboró un apretado y variado conjunto de programas que Abebe siguió a la perfección. Los ajustó para que pudiera llegar a la cima en el tiempo para los Juegos Olímpicos de Roma. El problema era que no era posible encontrar algo de calzado apropiado. Abebe corrió mejor sin zapatillas, caminó descalzo en Roma y luego corrió descalzo.

Bikila volvió a correr la maratón olímpica de nuevo en 1964, ganando en tiempo récord mundial. Fue aclamado como el mejor corredor de maratón de todos los tiempos, y muchos expertos todavía le dan ese título. Cuando comenzaron los Juegos Olímpicos de Tokio de 1964, el estado físico de Bikila estaba bastante debilitado. Había sido operado de apendicitis seis semanas antes de disputar la maratón, lo cual afectó su programa de entrenamiento para dicha prueba. Dijo Niskanen: “llegamos a Tokio y Bikila no había dado un paso después de la cirugía, simplemente había corrido”. No obstante, y aunque esta vez utilizó zapatillas, volvió a obtener la medalla dorada y nuevamente estableció una marca mundial: 2 h 12 m 11 s. Llegó 4 minutos antes que el subcampeón. Y fue 34 días después de la cirugía de apendicitis!

En su carrera como maratonista, corrió 15 maratones entre 1959-1968, ganando 12 de los primeros 13, pero no pudo terminar el último, que incluía su carrera en los Juegos Olímpicos de 1968.

Más tarde fue herido en un accidente automovilístico, y quedó tetrapléjico, muriendo en la década de 1970.

Después de Bikila, el atletismo se convirtió, quizás, en el rasgo deportivo más significativo de Etiopía. Y tiene un sucesor: Haile Gebreselassie, que es algo más que el mejor especialista en carreras de larga distancia. Es un hombre de negocios y un embajador de múltiples causas. Fue ganador de medallas de oro olímpico en Atlanta 1996 y Sidney 2000, oro en varios mundiales de atletismo, poseedor de récords como el del maratón de Berlín del 2008 y el Premio Príncipe de Asturias de los Deportes en el 2011. Ya lleva 25 récords mundiales y es –como muchos campeones de maratón- hijo de familia numerosa campesina y humilde. De niño, a casi tres mil metros de altura, recorría la distancia entre su hogar y la escuela corriendo. Veinte kilómetros diarios cargado de libros. Un hábito, y un estilo, que todavía puede intuirse en su forma de mover los brazos cuando calza sus zapatillas.

Al repasar los “top ten” de los maratonistas nos encontramos que los mejores tiempos los tienen los etíopes y también -ahora mucho más- los kenianos. Quienes se preguntan cuál es el factor escondido -más allá de la evidente y desproporcionada fuerza de voluntad que parece poseer a todos los maratonistas, desde aquel desconocido pastor griego que ganó la Maratón en las Primeras Olimpíadas de la era moderna en Atenas en 1896- debe analizar esa combinación de genes, ambiente, estilo de vida y redes sociales que sostuvieron a los representantes de los habitantes del Valle del Rift como los mejores corredores a larga distancia durante las dos últimas décadas.

Una interesante reflexión si se piensa que el Valle del Rift es -probablemente- la cuna de la especie humana.

Referencias









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